Una de las etapas que más disfruto en mi trabajo es el verano. Y la razón es sencilla: tengo tiempo para leer, nutrirme y aprender con más calma.
Un tiempo que me permite conectar ideas, integrarlas y enriquecer las propuestas del siguiente “año escolar”.
He de confesar que este año he llegado cansada.
Y debe de ser por una «Pepita Grilla» que me ha acompañado durante meses para recordarme que podía apretar más, hacer más, seguir más.
Esa parte inconsciente y un poco egótica que habita en mí —como en todos— se ha pasado de la raya exigiendo.
La he visto acompañarme unos cuantos meses y he conseguido hackearla gracias al verano.
-“En casa de herrero… Solo faltaba… ¿Tú otra vez por aquí?”
Resulta que uno de los libros que ha caído en mis manos este verano ha sido El síndrome de la impostora, de Élisabeth Cadoche y Anne de Montarlot.
¿Casualidad? Yo diría que un regalo.
El nivel de exigencia de muchas de las mujeres que acompaño —y el mío propio— es altísimo.
Personalmente, esa exigencia me ha ayudado a avanzar, crear, mejorar y conseguir cosas. Pero también puede hacernos sufrir cuando dejamos que se pase de la raya.
Porque para “ella” nunca es suficiente.
He visto a muchas mujeres alcanzar grandes objetivos, disfrutar del placer apenas un segundo… y colocar inmediatamente el siguiente escalón un poquito más alto.
¿Y dónde queda merecer y disfrutar?
El libro me ha hecho volver a algo que considero fundamental en el desarrollo personal y el liderazgo de las mujeres: conocer de dónde venimos para comprender aquello que todavía nos cuesta integrar.
El síndrome de la impostora no es exclusivamente femenino, pero muchas mujeres tenemos dificultades para disfrutar y reconocer nuestros logros con la misma facilidad con la que asumimos nuestros errores.
Ha sido suerte.
Tampoco era para tanto.
Podría haberlo hecho mejor.
Conozco a muchas mujeres tremendamente capaces que se miden con una vara de exigencia despiadada.
Yo también sigo aprendiendo a equilibrarla.
Y siento que es esencial aprender a mirarnos con más realismo y menos ilusionismo: reconocer nuestras capacidades, descubrir qué miedos y creencias están decidiendo por nosotras y elegir conscientemente qué queremos hacer crecer.
Además, cada vez tengo más claro que hay procesos que, cuando los hacemos juntas, se convierten en catalizadores.
Cuando otra mujer pone palabras a algo que tú también sientes, cuando descubres la fuerza de la vulnerabilidad, cuando puedes mirarte a través de otras miradas… algo cambia.
Por eso creo profundamente en los espacios de autoconocimiento, coaching y desarrollo personal para mujeres.
Y por eso existe Mujeres que Lideran su vida.
Porque para mí el liderazgo empieza precisamente ahí: en profundizar para poder elegir con más conciencia.
Quizá liderar tu vida no consista en llegar siempre al siguiente escalón.
Quizá también tenga que ver con elegir con foco qué escalón quieres subir —si es que hay alguno—, cuál puedes soltar y, por supuesto, cuántos de los que ya has subido necesitas parar a honrar porque se te estaba olvidando
